Libre de la mente, libre de sí

La pauta de la mente es no tener un Maestro, es “ser libre”; ella quiere ser libre para permanecer inconsciente. Pero si miramos desde otra perspectiva… cuando se entraba en una orden de meditación – con el Zen, por ejemplo – toda tu “libertad” era perdida. “Tú” – la mente – no podías más esto, no podías más aquello, ni aquello otro. Estos tres pilares son fundamentales: ni esto, ni aquello, ni aquello otro.

Si se tomaba esa “libertad”, era porque había una función. Pues, ¿cuál era la libertad que estaba siendo perdida? Una libertad aparente, no verdadera. La libertad de ir al supermercado, de tener sexo o pensar lo que se quiera – eso no es libertad, eso es, exactamente, una situación condicionada de la mente.

La verdadera libertad es estar libre de la mente, es estar libre de quien piensas ser, libre de quien los otros piensan que eres, es estar libre del pensar, libre de ti mismo.

Pero la mente no lo comprende así, ella quiere ser libre para “tú ser tú mismo”. Lo que implica que ella no comprende un asunto fundamental: Si quieres ser tú mismo, ¿quién eres tú?

Es aquí donde entra el Maestro, porque mientras no sabes quién eres, todo lo que hagas será una prisión. Hasta puedes estar aparentando libertad, pero no pasa de ser una prisión.

En el momento en que dejas de engañarte con la mente, el Maestro está cumpliendo su papel. La verdadera libertad es ser libre de ti mismo.

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Ni divino, ni profano. ¡Eso!

La mente ha construido, por milenios, una idea de realidad basada en presuposiciones como, por ejemplo, la de que eres el cuerpo y la mente. He ahí el pivote central de la ilusión equivocadamente llamada “realidad”.

Basados en la creencia de que somos el cuerpo, ¿qué sucede cuando se da la muerte del cuerpo? Sufrimiento. Temes estar lejos de tu familia y de tu equipo de fútbol. Pero si no fueses ni el cuerpo ni la mente, ¿en qué queda todo ese dilema? Cuestiónate profundamente y mira todas las ideas al respecto de la realidad desaparecer.

La humanidad está sufriendo exactamente por estar apegada a conceptos que generan y perpetúan el sufrimiento – y no querer soltarlos.

Participante – ¿Hubo antes, para ti, algún apego, deseo o ilusión más grande que te impedía reconocer lo divino en ti?

¿Para “ti” quién?

Participante – Para Satyaprem.

¿Quién es Satyaprem? Tú estás imaginando. Nota que hasta las preguntas son hechas a partir de tu imaginación. Tú imaginas que si preguntas lo que imaginas, la respuesta que imaginas te traerá de donde imaginas estar. Pero eso no va suceder.
¿Cómo es que es la pregunta?

Participante – Si hubo algún apego, deseo o ilusión grande que te impedía reconocer lo divino en ti…

“Yo” no reconozco lo divino en “mí”, no hay dos.

El pozo sin fondo y el agua sin luna

Cuando la monja Chiyono estudiaba Zen, bajo la maestría de Bukko, de Engaku, por mucho tiempo fue incapaz de alcanzar los frutos de la meditación. En fin, en una noche de luna llena, estaba cargando agua en un viejo balde atado con bambús. El bambú se quebró y el fondo del balde cayó y, en aquel momento, Chiyono fue liberada. En conmemoración, escribió un poema:

“De esta manera y de aquella intenté salvar el viejo balde
cuando las tiras del bambú se debilitaron
y estaban casi rompiéndose.
Hasta que al final el fondo cayó,
no hay más agua en el balde y no hay más luna en el agua.”

Este poema se hizo conocido por esta frase sintética: “ni agua, ni luna”. En la iluminación de Chiyono, desapareció el agua, desapareció la luna. En la iluminación de Chiyono, ni agua, ni luna.

Esto me recuerda aquella famosa anécdota de Nasrudín, un sabio persa que estaba caminando, en una noche de luna llena y, al pasar cerca de un pozo, oyó un ruido viniendo de dentro. El ruido lo asustó y se fue de bruces sobre el pozo, miró hacia dentro y vio allí la luna.

Rápidamente gritó: “¡No te preocupes, te salvaré!” Entró al pozo para rescatar a la luna y, de repente, en la oscuridad, se resbaló y cayó dentro del agua. Habiendo caído, al mirar hacia lo alto, se dio de cara con la luna brillante en el cielo. Entonces, sin dudar, exclamó contento: “¡Grandioso! Si no hubiese pasado por aquí, no te hubiese salvado”.

Eso es, más o menos, lo que sucede cuando el fondo del balde cae y descubres que no hay agua, ni luna.

Las nubes blancas del paraíso y el comienzo del final

La mente propone que lo divino esté distante – quién sabe dónde… en el cielo, el Himalaya o en el Alto Paraíso, tal vez. Pero, no puede vivir en un lugar y no en otro.
Pregunto: antes de llegar a algún fin, ¿por qué no exploras el comienzo? ¿Dónde está el comienzo de todo? ¿En este momento – nótalo – dónde comienza todo?
Retorna a la fuente, comienza por el principio: ¿quién quiere encontrar lo divino? ¿Dónde estás tú que lo divino no está? Una investigación – por decirlo así – científica, implicaría observar aquello que tienes en las manos, primero, y después, ver, verificar.
Si sabes quién eres, ¿puedes estar separado de lo divino?
Asumes que estás separado porque siempre oíste eso. Entonces, si no te sientes bien en tu trabajo y en tus relaciones, imaginas que algo está faltando, inmediatamente deduces que solo puede ser lo divino.
Pero traigo una hipótesis, una proposición: en vez de estar faltando lo divino, lo que está faltando eres tú. Sin embargo, es mucho más vendible ir en búsqueda de lo divino que buscarte a ti mismo.
Eso es porque ir detrás de ti implica deconstruir completamente la idea que tienes de ti – que, nítidamente, ni va contigo; tanto así, que no te has sentido muy bien.
Si esa visión que tienes de ti, esa imagen que tienes de ti, esa concepción que tienes de ti, ese tú que tomas como si fuese tú, fuese, al menos, próximo a lo real, estarías en blancas nubes.
La hipótesis de la mente es que falta lo divino y que si lo encontrases, todo quedaría bien. Pero, digamos que encontrases lo divino, pregunto: ¿quién lo encontraría? La pregunta fundamental es: ¿quién eres tú?

Lo invisible y la inexistencia de lo aparente

Enamórate de eso. ¡Nótalo! La condición de que nos encontremos, en términos generales, no es liviana; por lo tanto, es necesario tener agudeza y compromiso con la Verdad.

La presión de la mente para mantener la apariencias, inclusive la de quien piensas ser, es potente; ella no quiere que “tú” desaparezcas, porque si ella despareciese, pierde su función. O, mejor dicho, se vuelve apenas – maravillosamente – funcional.

En el contexto de Satsang, no estamos lidiando con la apariencia del otro, pero si con la nuestra, propia. ¿Tú eres quien aparentas ser para ti?

La verdadera libertad no es ser libre para hacer lo que quieras o hacer adquisiciones capitalistas, la verdadera libertad es estar libre de la apariencia que tienes de ti, es ser libre de quien piensas ser.

Por eso, quietud es fundamental. Tienes que cerrar los ojos por un instante para disminuir el impacto de la apariencia sobre tu existencia. Tiene que haber un momento en que no te conectas a lo que aparece en la pantalla de la mente como pensamiento.

Digamos que pudieses relacionarte con tus pensamientos como si fuesen nubes en el cielo… ¿Tú sigues las nubes en el cielo? Ellas desaparecen, no duran mucho. Observa una nube y mira: ella se modifica. Incluso cuando está muy nublado, se nota, hay movimiento. Y, de repente, sorprendentemente, todo se pone azul.

Encara, entonces, en la pantalla de los pensamientos – de la mente – los momentos de turbulencia, como una tempestad. Hay diferencia entre un cielo sin pensamientos y un cielo cargado con pensamientos.

Pero lo que está implicado aquí, no es alejarse de los pensamientos, es no darles tanta atención. ¿Por qué te importa tanto lo que estás pensando si tal vez ni siquiera seas tú quien está pensando?

Los ojos son visibles al invisible a los ojos

Propongo, incansablemente, que veas como el aparecer es “sólido”. Todos intentan, de alguna manera, aparecer; pues, si no aparecen, “tú” es nadie. Exactamente por eso nuestro encuentro trae un propósito implícito que no es aparecer, es desaparecer.

Tú, en tu intimidad, desapareciendo a ti mismo. Teniendo por lo menos un vislumbre de que todo aquello que parecías ser, no es.

Poniéndolo en perspectiva: el cuerpo no va a desaparecer, pero ¿quién dice que el cuerpo eres tú? No es él. La mente dice que tú eres el cuerpo, entonces necesitas poner “pausa” – sería bueno si inventasen un botón que pudiese poner en pausa la mente, para que las imágenes quedasen congeladas en el pasado y tú, en el presente, notando que la imagen congelada no eres tú, por el simple hecho de haber un distanciamiento – puedes ver la imagen, desde otro lugar.

Ese trayecto propone que despiertes, descubras que eres aquello que observa – tanto la mente pensando, como el cuerpo sintiendo – y no aparece de forma alguna.

De hecho, si estuviésemos conscientes como humanidad, dudo que alguien le llamaría selfie a una foto de su cuerpo, porque una foto de tu cuerpo no es una foto tuya, tú no eres fotografiable. Tú eres invisible a los ojos. Eres invisible a los sentidos. Eres invisible a tu mente.

El sacerdote, el lama y la falacia de los dos

Un día, un famoso padre católico le preguntó al Dalai Lama: “¿cuál es la verdadera religión?”. El Dalai le respondió que “la verdadera religión es aquella que te reconecta con lo divino”. Simple. Por definición, es eso lo que significa; pero esa sentencia contiene una falacia que viene siendo explotada desde tiempos inmemoriales. ¡Exploremos!

¿Religión conecta a ‘qué’ con ‘quién’? En hipótesis: tú con lo divino. Lo que implica un trayecto que necesita ser trazado. A través de algún proceso alquímico, has de reconectarte a lo divino. Y, en esa separación, existe un “tú”. Además, hay un tú – que se sobrentiende – profano, y lo divino, lo sagrado.

Entonces, para hacer el trayecto hasta lo divino, es necesario purificarse; no es posible alcanzar lo divino así, tal como estás. En este sentido, se exige una inmensa cantidad de tiempo y demandas que – posiblemente – no serán alcanzables.
Digo esto porque – si te conoces tan bien como yo te conozco – sabes que no lo lograrás. Lo que ya sería un descrédito en esta presupuesta religión.

Según esta teoría, no se discute quién eres tú y, tampoco, quién es lo divino. Se parte de presuposiciones condicionadas: tú encontrando lo divino, tú conectándote a lo divino – sin hacer una investigación precisa, a priori, de quién seas tú y lo que sea lo divino.

En realidad, se tiene en consideración, en este presupuesto, que tú ya sabes quiénes son tú y lo divino, y que solo falta un proceso a través del cual puedas reconectarte a ello. Es una falacia que ha sido explotada por milenios. Pondéralo.

Acepto que hagas un trayecto de reconectarte a lo divino, con tal de que primero me digas quién eres – esa es mi única condición. Se tenemos quién eres, probablemente el trayecto se delineará fácilmente.

El hecho es que la inconsciencia es explotada incluso por las religiones. Puedo decir, inclusive, que la religión es la explotación de la inconsciencia de las personas, así como el futbol, la política… Es necesario que estés inconsciente de ti, para absorberlos.

Por lo tanto, antes de intentar conectarte a algo, mira si estás desconectado. Puede que, de repente, no estés desconectado de nada, ni siquiera de lo divino. Y, entonces, no hay ninguna necesidad de hacer ningún trayecto para reconectarte.