La biblia ciega y el adentro en la tapa

El otro día iba camino a una ciudad en auto y paré para pedir información sobre el trayecto. Había una pareja y un niño. El hombre vestía un terno beige y corbata, y cargaba una biblia debajo del brazo. Posiblemente – en un pequeño mundo ficticio particular – estaban yendo a la iglesia. Entonces, los abordé y les pedí ayuda. El hombre estaba de muy buena voluntad, era un hombre de total buena voluntad. Me instruyó, sonrió y le agradecimos.

Pero el hecho que llamó la atención es que él necesitaba incorporar aquel papel. Más allá de eso, él no era nada. Si sacásemos esa corbata y esa biblia de su mano, comenzaría a llorar como un niño. Pero, es exactamente eso lo que a veces la vida propone: ella te saca la biblia de la mano, te quita la corbata, para ver si aguantas el golpe. Y entonces, lloras, pues estás siendo frito – ni siquiera es cocido, es frito… – porque la vida tiene prisa, ella tiene planes para ti.

Y, cuanto más cerca de la Verdad, inclusive, más se acelera este proceso. Aquí, el crecimiento es garantizado. No solo estás siendo cocido, estás siendo frito en una olla a presión. Si no, llevaría muchas vidas. Incluso, porque tú te casas, pasas una vida entera casado, con la biblia en la mano, mueres, naces de nuevo y agarras la vieja biblia nuevamente, siguiendo los mismos pasos… Por diez vidas agarras esa biblia de nuevo, hasta que un día te cansas.

Si estás siendo “frito”, sabe que es la vida, intentando empujarte fuera de ese círculo. Es increíble, pero el organismo funciona de tal manera que tiene amortiguadores y potentes sistemas de protección – no quiere ser roto.

Aquel hombre de buena voluntad, que se cruzó en mi camino, no pasa de ser un niño. Él creció, se cambió más o menos las ropas, pero continúa inseguro, tan sin alma… Como dijo Gurdjieff: “Las personas nacen sin alma y mueren sin alma”. ¡Qué infortunio! Perdemos décadas y décadas haciendo nada.

Participante – Pero ahí, la tendencia a permanecer solo, en mí…

¡No! Es hacer música, es hacer arte, es ser feliz… y punto.

Participante – ¿Pero si las personas siguen empujándome?

Deja que te empujen. Observa: “Me están empujando”. ¿Pero, a dónde te pueden llevar?

Participante – ¡Caramba! Es muy difícil.

Cuando comencé a participar de grupos de meditación, al principio eran grupos de meditación, pura y simple. Entonces hacíamos algunos ejercicios que servían para aumentar el perímetro psicológico, para dar más fuerza y cosas así. Recuerdo que uno de los ejercicios consistía en jugar con algunos movimientos de una lucha marcial llamada Kenpō. Básicamente, permanecíamos empujándonos el uno al otro y no podíamos perder nuestro centro, físicamente hablando.

Nótalo, recorriendo un camino o subiendo un árbol, ¿cómo está tu centro? Si yo pidiese que subamos un árbol ahora, algunos subirían y otros sentirían temor – no hay centro. En verdad, estos días alguien vino a ayudar en una obra y en el momento de poner las tejas del tercer piso, no lo logró. No podía pasar del segundo peldaño de la escalera, se ponía tonto. Y es un hecho que el cuerpo se pone tonto a esa altura, pero él tenía que atravesar esa tontura. Si te arriesgas a pasar del segundo peldaño de la escalera, vas a ver que en la medida que subes, la tontura se va perdiendo.

Si fuse el caso, sube un peldaño más por día, hasta que notes: “¡Uau! Estoy encima del tejado, ¡y cómo es increíble la vista desde aquí!”

Si las personas te empujan, ¡deja que empujen! Solo no vayas con ellas. La idea es que la mente desea estar en un lugar donde nadie te empuje. ¿Eso no es una exigencia un poco exagerada? ¿Cómo es que vas a lograr eso?

¡Entonces déjales! Alguien te empuja y tú dices: “¡Siéntase cómodo!” De repente, hasta pasa a ser divertido. Otras veces, puede ser realmente duro y tus nervios gritan… Pero, asegura el koan: ¿Quién eres tú?

O sigues los mismos viejos pasos que la humanidad – ciegamente – viene siguiendo, o encuentras tu centro y te arriesgas a ir más alto. Lo que, en nuestro caso, en ir más hondo, hacia dentro.

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